Oro viejo

26.11.2017

Una boda diferente
Donjuanes en shootings

Ella
Ella

Wedding planners, decoración e iluminación: Donjuanes

Localización: Bodega Las Tirajanas

Fotografía: I&F photographers

Videografía: Hemisferio Creativo

Textil: Compleventos

Floristería: Nature World

Cáterin: Restaurante El Mirador de Santa Lucía

Tartería: Ganaché Las Palmas

Ella: La Novia 7 Palmas

Él: Tendido 18

Maquillaje: Natalia Carballo

Peluquería: La Peluquería

Modelos: Isabel Pulido y Agustín del Castillo- Olivares



La joven entró al salón por fin del brazo de su flamante esposo. Los altos techos de la bodega, parecían haber encogido gracias a las guirnaldas de luces cálidas que pendían de enormes báculos de madera. Las hileras de barricas hacían las veces de paredes, dándole a la estancia un aspecto realmente cálido, acentuado por la tenue luz de mil velas que prendían corazones de cristal dorado.


Giró su cabeza en un leve gesto, buscando la procedencia de aquel aroma a ramas de olivo y eucalipto que la embriagaban. Se dio entonces cuenta de que el culpable era el centro de mesa, salpicado de fruta fresca. Manzanas rojas entre renos en oro viejo, uvas enredadas en el verde bosque que recorría el largo bouquet.

Sintió el palpitar acelerado de su corazón al descubrir al fondo la vieja radio del abuelo. Recordó las tardes de domingo en su regazo mientras sonaban tangos y boleros. La casa se hacía amarilla al caer el sol, el mismo efecto de la araña que se mantenía sobre sus cabezas. 


Depositó el ramo de novia tiznado con pequeños trazos de pan de oro y ramillete de uva negra sobre el carro que soportaba aquella sopera blanca flanqueada por estilizadas grullas de pie de cristal. Unas botellas de vino tinto, unos tunos indios, alguna piña tropical de penacho imponente y trozos de higo decoraban aquel rincón.

El novio de traje gris adelantó una de las sillas tiffany con espalda de tul blanco y lentejuelas invitando a sentarse a su bella esposa. Luego se sentó él. Era curioso como a pesar de los aplausos de los invitados, era capaz de percibir otros sonidos como tintineo de las copas de cristal labrado al rozar las unas con las otras.

Ellos
Ellos

El padrino usó una de aquellas piezas de la cubertería como baqueta sobre su plato de loza blanca que parecía brillar aún más sobre el fondo dorado.

¡Que vivan los novios! Gritó emocionado.

¡Que vivan! Contestaron casi al unísono los demás.

ORO VIEJO

ORO VIEJO

Entonces, el esposo buscó sutil la mano de la novia, y ella sintió enrojecerse sus mejillas en un rubor infantil. Dejó caer el zapato de uno de sus pies y mientras lo balanceaba leve, al compás de la música que flotaba en el ambiente, levantó su brazo arrastrando la mano del joven recién casado hasta su boca para besar el anillo que acaba de estrenar.


Y entonces sintió unas irrefrenables ganas de morder al contemplar aquellas venas dilatadas que regaban el dorso de la masculina mano. Quiso irracionalmente alimentarse del rojo líquido de vida que fluyera por ellas. Saborear el aroma y el tacto que tanto la trastornaban... 


No lo hizo, pero soñó con hacerlo. Ese instinto animal suyo había estado dormido durante mucho tiempo, y tal vez fuera el vino, tal vez los olores a bosque que embriagaban el lugar, quizás las emociones contenidas o los recuerdos escondidos de otros tiempos que ahora parecían en ebullición, lo que hicieron regresar esos impulsos casi caníbales que parecían excitarla sobremanera. Salivó sus deseos con un evidente gesto. El espasmódico movimiento de sus jugos por su cuello fue advertido por el varón, que habría desgarrado sin piedad en aquel mismo momento, aquella fina piel que cubría la garganta. Se mordió el labio inferior en un vano intento de compensación. Y ambos fueron conscientes de esos deseos ocultos... Tras una casi imperceptible sonrisa cómplice, soltaron sus manos para departir con el resto de invitados, no sin desear que fuera ya la hora de verse a solas...

ORO VIEJO

El péndulo dorado del reloj, en uno de sus vaivenes llevó las agujas a las doce en punto de la noche. Ambos supieron que era el momento de marchar a sus aposentos. No les quedaba ninguna duda de nada. Sólo cabía decidir tal vez, quién sería la presa y quién el depredador aquella noche.

Y volvió a escucharse "Que vivan los novios!". Y sin pretenderlo, sonó a ironía. 


ORO VIEJO