La niña y la nube

24.01.2018

Dulces entre ángeles

Una experiencia para todos los sentidos

Daniela era un ángel de algodón. Los ángeles de algodón viven entre las nubes agazapados, para no ser vistos jamás. Como son de tez blanca y piel de melocotón y sus alas son de pluma de cisne, buscan cirros de verano para esconderse. Así pasan desapercibidos, entre esas masas etéreas, como de azúcar... Pueden saltar y juguetear en ellas, como tanto les gusta, sin que nadie advierta su presencia.

En el país de las estrellas y del arco iris, cada ángel de algodón tiene como misión la de velar por un niño del Planeta Azul. Y de esta manera, cada mañana, van a la escuela de astros donde se les enseña el que será su trabajo para siempre, tras la "asignación", que es como denominan al instante en que el recién nacido elige al que será su protector y benefactor en el Mundo. En aquel especial colegio, los jóvenes alados adquirían las cualidades necesarias para ejercer su misión. Así, con el profesor Don Sol, Director del centro, aprendían a dar calor y luz hasta la madurez al humano. En ese momento, los lazos entre ángel y niño se desatan y la tutela pasa a Destino, el anciano más sabio y paciente de los seres de aire... También estaba Doña Luna, que era la maestra de la salvaguarda en las noches. A esta señora oronda le gustaba explicar cómo conseguir que un pequeño pueda dormir en su propia habitación sin la luz de la mesilla de noche encendida. O cómo escribir canciones de cuna, que las madres y padres aprenderían para sus hijos.

Llegaba el estío y se acercaba el día de orlas en el que cada ángel de algodón recibiría sus alitas para poder volar y ser escogido. Una mañana Daniela, que era la más curiosa de todos preguntó:

- Y cómo sabré quién me ha elegido?

El Astro Rey, se bajó las gafas de sol y le dijo con su cálida voz:

- Ese día, sentirás de pronto un terrible frío invernal y tus alas quedarán congeladas y dejarás de poder moverlas, cayendo al vacío. No debes temer nada, sólo déjate llevar por la gravedad terrestre y caerás sobre una nube. Y entonces oirás tu nombre entre sonrisas y besos en alguna habitación cercana, y el calor que allí se desprenderá será tal que derretirá tus alitas. Salta de tu nube, busca ese calor y allí estará tu asignación.

Aquella madrugada del 31 de agosto, Ale posó con lógica poca destreza aún, a su hijita recién nacida sobre el reconfortante pecho de María. Ella, en un entre velas tras el esfuerzo, con mirada vidriosa, acogió al bebé sobre su cuerpo, mientras el emocionado padre apoyaba su frente sobre la de su mujer, a la par que decía "mami, ésta es nuestra Daniela". Entre sollozos de alegría, una fresca brisa entró desde una de las ventanas de la clínica, levantando suavemente los visillos. El padre corrió a cerrar, no sin antes advertir aquella curiosa nube blanca, como de algodón, que destacaba sobre el fondo gris de la tradicional panza de burro de Las Palmas en verano. Y antes de terminar su tarea, creyó escuchar una tierna sonrisa de cascabel, y unas frías gotas como de hielo derretido parecieron salpicarle la frente...

Y desde entonces Daniela tiene ángel.